Espera. Detén el pulso. Frena el ruido.
Mientras el mundo vive en la prisa, la belleza reposa en el interludio,
en el silencio, en la quietud.
Allí es donde se macera el gusto, se afina la mirada, brota el oficio.
En las horas que nadie cuenta, en el intervalo, en el respiro. En el tiempo que parece perderse, pero que en realidad nos encuentra
Apagamos la mente, siempre urgente, voraz.
Ponemos en paréntesis el pensamiento. Suspendemos la crítica.
La mano se desliza, desnuda de juicios, libre, ininterrumpida, guiada por ése pulso interno que late dentro nuestro al que llamamos instinto.
Dibujamos una curva. Una vez, y otra vez, y otra vez. Hasta el cansancio, hasta el hastío. Hasta que el trazo por fin se aquieta y la forma, al fin, toma vida.
La belleza no se apura. No entiende de urgencias.
La pausa revela su secreto: En cada segundo perdido, se encuentra una vida.